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miércoles, enero 27, 2010

Fuego

Bueno, pasó másomenos 1 año y 2 meses. Tiempo suficiente como para que las cosas tomen un giro relativamente importante en la vida de una persona. Aunque si te lo ponés a pensar, un minuto es más que tiempo suficiente.

En fin, uno a veces tiene ganas de escribir cuando está en situaciónes.. complejas. ¿Para qué? Creo que para obtener esa sensación de descarga o concentrarse por un momento en otra historia que no sea la nuestra. Eso puede ser algo tremendamente liberador. De ahí me encomendé a hacer algo que no hacía hace mucho tiempo: escribir.
Primero surge el qué. ¿Qué es lo suficientemente interesante como para que valga la pena ser escrito? Luego aparece el cómo. Bárbaro, lo tengo, agarré la idea ¿y ahora? Es muy común escribir 3 palabras, borrar, 5 palabras, borrar, reescribir las 3 primeras palabras, cerrar el word. Me ha pasado demasiadas veces.
A no desesperarse, porque finalmente llega un punto en donde uno se cansa, al carajo con la moda, y no le importa qué escribir y ni cómo escribirlo. Y es en ese estado zen donde me encuentro ahora. Así surgió esta pequeña historia (que claramente no es suficientemente interesante ni está bien escrita, pero creo que con todo el preámbulo que le hice, lo tengo permitido).


Muy pocas veces podemos realmente pensar en situaciones más allá de digamos... ¿Una semana? ¿Un mes? Somos criaturas de la rutina y de alguna manera eso nos da seguridad, seguridad de que lo que estuvimos haciendo ayer y todo el mes pasado, lo seguiremos haciendo mañana o la semana que viene. De ahí es que las crisis que nos enfrentamos son cuando nos damos cuenta que la rutina se rompió, cuando nos cambia la voz, cuando enfrentamos responsabilidades nuevas o incluso cuando nos damos cuenta que nuestro cuerpo ya no es el que una vez supo ser.
A todo esto se le agrega una nueva amenaza: Dragones.
Eso fue lo que la gente de la ciudad jamás vio venir esa mañana de noviembre. Si el cielo deja de estar despejado y pasa a tomar un color negro, donde es completamente imposible ver el sol, lo primero que uno piensa es en una tormenta, posibilidad de granizo, sudestada, lo que fuere.. Pero cuando además de tornarse negro uno ve que a lo lejos escupe fuego, bueno.. la cuestión ya es otra.
No se sabe de dónde salieron, pero la pelea fue atroz, y las armas no alcanzaron. Todas las municiones se agotaron al segundo día, lo cual es impensado porque créanme, hay muchísimas municiones. Pero habían más dragones.
Y hubieron al final.
Ya rara vez se a alguien caminando por 9 de julio de noche, las luces de los semáforos funcionan para nadie, producto de su rutina. Lo único que se puede ver si uno va a Buenos Aires, o a cualquier ciudad del mundo, es a un par de dragones ocupando los techos rotos de los edificios más altos.

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Pocas veces me sentí así... muy pero muy raro.

lunes, julio 16, 2007

Espejos

I

Gerardo se despertó a eso de las 9 de la mañana, tras haber dormido un poco más de 10 horas. Fue al baño y se lavó los dientes con poco entusiasmo. Uno nunca tiene entusiasmo cuando es lunes y hay que ir a trabajar después del fin de semana.
En la cocina se preparó lo que siempre desayunaba, cereales con leche y un jugo de naranja, como para empezar bien el día, y luego se vistió con lo primero que vio en el placar, una camisa celeste, una corbata roja, saco y pantalones negros.
Cuando estaba saliendo del departamento escuchó sonar el teléfono pero decidió no atender porque ya estaba llegando tarde, después se fijaría quién había llamado.
Camino un par de cuadras hasta el subte pasando desapercibido y viajó en el vagón más lleno aplastado por lo que parecían ser no menos de mil personas. En el trabajo fue un día como cualquier otro hasta que su jefe pasó a visitarlo por un tema de extrema urgencia alrededor del mediodía, el cual podía convertirse en un verdadero problema, aparentemente habían anotado mal unos números en una transferencia de dinero y una empresa estaba amenazando con cerrar su cuenta o algo así, pero después de unas correcciónes, por suerte, Gerardo pudo resolverlo y el jefe, aliviado, pasó todo el día recordándole cuán importante era él para el banco.
Cuando llegó a casa a las 6 y media miró un poco de televisión, se cocinó unos ravioles y se fue a dormir.


II

Gerardo se despertó a eso de las 9 de la mañana, tras haber dormido un poco más de 10 horas. Fue al baño y se lavó los dientes con poco entusiasmo. Uno nunca tiene entusiasmo cuando es lunes y hay que ir a trabajar después del fin de semana.
En la cocina se preparó lo que siempre desayunaba, cereales con leche y un jugo de naranja, como para empezar bien el día, y luego decidió ponerse una ropa alocada, una remera roja con una corbata rosa y saco y pantalones grises, no supo bien por qué quiso vestirse así, la cuestión es que lo hizo.
Cuando estaba saliendo del departamento escuchó sonar el teléfono pero decidió no atender porque ya estaba llegando tarde, después se fijaría quién había llamado.
En el camino al subte sentía como si la gente lo mirara al pasar, lo cual era raro para él y decidió desviarse unas cuadras para no caminar por la avenida. Al primer giro se encontró con una mujer que estaba vestida exáctamente igual que él. Tenía una blusa roja con un moño rosa en el cuello y un saco con polleras grises. Gerardo quedó más que sorprendido, y se quedó quieto mientras la veía acercarse. La mujer también se dio cuenta y frenó. Ambos quedaron inmóbiles viendosé por más de 10 segundos hasta que Gerardo se animó y dijo:
-Linda elección de colores.
-La tuya tampoco es fea.
-Si, ¿no?, qué tal, me llamo Gerardo -y estiró la mano para estracharla con la de la mujer.
-Gabriela, encantada -mientras le respondía el saludo.
-Espero no sonar muy atrevido pero, ¿tenés algo que hacer, no querés ir a tomar un café?
Gerardo llamó, dijo que estaba enfermo y no fue a trabajar ese día.


III

Gerardo se despertó a eso de las 9 de la mañana, tras haber dormido un poco más de 10 horas. Fue al baño y se lavó los dientes con poco entusiasmo. Uno nunca tiene entusiasmo cuando es lunes y hay que ir a trabajar después del fin de semana.
En la cocina decidió cocinarse algo distinto como para romper la rutina, y se hizo unos sánguches tostado de jamón y queso con una buena taza de café, como para empezar bien el día, y luego se vistió con lo primero que vio en el placar, una camisa celeste, una corbata roja, saco y pantalones negros.
Cuando estaba saliendo del departamento escuchó sonar el teléfono pero decidió no atender porque ya estaba llegando tarde, después se fijaría quién había llamado.
Camino un par de cuadras hasta el subte pasando desapercibido y viajó en el vagón más lleno aplastado por lo que parecían ser no menos de mil personas, no supo muy bien por qué habrá sido, pero entre el calor de subte, la incomodidad de la posición en la que estaba y el desayuno pesado que había comido empezó a sentirse mal del estómago, muy mal del estómago.
Cuando llegó al trabajo dejó las cosas en el escritorio y fue enseguida al baño. Estuvo casi tres horas abrazado al inodoro. Aparentemente habría habido algo mal con el queso o el jamón estaba vencido, la cuestión es que Gerardo estaba destrozado.
Cuando volvió a su escritorio a eso de las 2 de la tarde se encontró con su jefe que estallaba en gritos, ni bien lo vio fue corriendo hacia él y empezó a reprocharle dónde había estado, había saltado un error en una transferencia con una empresa que amenzaba cortar relaciones y había que arregarlo cuanto antes. Gerardo trató de explicarle que se sentía mal y había estado vomitando en el baño, pero su jefe estaba colérico y no escuchaba razones. Más tarde se enteraron que la otra compañía se desvinculó completamente, por lo que el jefe, como forma de descargo, despidió a Gerardo por su incompetencia.
Más tarde, cuando llegó a casa, abrió unas botellas de vino, se embriagó y se durmió.


IV


Gerardo se despertó a eso de las 9 de la mañana, tras haber dormido un poco más de 10 horas. Fue al baño y se lavó los dientes con poco entusiasmo. Uno nunca tiene entusiasmo cuando es lunes y hay que ir a trabajar después del fin de semana.
En la cocina se preparó lo que siempre desayunaba, cereales con leche y un jugo de naranja, como para empezar bien el día, y luego se vistió con lo primero que vio en el placar, una camisa celeste, una corbata roja, saco y pantalones negros.
Cuando estaba saliendo del departamento escuchó sonar el teléfono, si bien estaba llegando tarde al trabajo decidió apurarse y atender.
-¿Hola?
-Si, buenos días, con el señor Gerardo Zorsal por favor.
-Sí, él habla.
-Ah, qué tal, mi nombre es Judith, te estoy llamando del centro de atención médica uriburu...
-¿Si?
-Llamaba para informarte que el señor Arturo Zorsal tuvo un accidente automovilístico y fue trasladado al sanatorio de urgencia.
-¡Ese es mi viejo! ¡¿Está bien?! ¡¿Dónde está?!
-Ahora está en el quirófano, vos figurás como su contacto en caso de emergencias y por eso te estoy llamando, si pudieras pasar cuanto antes por la clínica sería ideal
-Si si si si, ya mismo estoy saliendo para allá, ¿Cuál es la dirección?
-Uriburu entre Paraguay y Córdoba, entrás, vas al tercer piso y preguntás por el Dr. Fernandez que es el que está haciendo la operación, ¿si?
-Si si, gracias, voy para allá.
Colgó y casi un segundo después ya estaba en el ascensor. Cómo puede ser que papá haya tenido un accidente, por favor, con lo bien que maneja el viejo. Que no le haya pasado nada... me muero si le pasa algo. Tengo que llamarlo a Rober y decirle, pero creo que está en el campo... Por dios viejo... qué te pasó... la puta madre che...
Estaba tan absorto en sus preocupaciones Gerardo que no miró al cruzar la calle, y no vio el 111 que venía a toda velocidad.
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Cada vez que alguien lee y no deja un comentario, Dios dice que no cree en las hadas.
Decisiones, todo está en las pequeñas decisiones.

domingo, julio 08, 2007

Alberto Moné, convencedor.

Desde chiquito que fui bueno con las palabras, nunca me avergoncé de usarlas. Pasé toda mi niñez leyendo mientras los otros chicos jugaban a la pelota y tal vez por eso desarrollé un lenguaje un poco inusual. Siempre discutía y encontraba argumentos para hacer cambiar de parecer a las personas. La clave está en que no se den cuenta que uno las está tratando de convencer, sino ir llevándolas poco a poco hacia nuestra forma de pensar. Con el tiempo realmente me fui volviendo muy bueno y no tenía nignún tipo de inconvenientes a la hora de conseguir algo, simplemente me ponía a hablar con alguien hasta conseguirlo.
Justamente por esto las mujeres nunca fueron una dificultad para mi. Mi primera vez fue a los 14 años con una modelo húngara que no entendía una sola palabra del español. Así de bueno era yo. Años más tarde me cansé de estudiar y decidí retirarme del colegio para ampliar la mente, con una mochila a cuestas y un buen arsenal de libros partí rumbo por toda latinoamérica en búsqueda de nuevos horizontes.

La noche en Pozo Borrado, provincia de Santa Fé, Argentina.

Después de uno o dos meses de andar ciudad tras ciudad llegué a Pozo Borrado, un pequeño pueblito al norte de Santa Fé con realmente pocos habitantes y no mucho por hacer, me acuerdo que era verano y el calor era bastante insoportable. La gente no tenía mucho dinero pero tras dialogar con algunas personas conseguí un lugar donde hospedarme, algo de comida, e incluso un hombre se ofreció a buscarme una pelopincho que tenía en su estancia.
Un par de horas más tarde se me acercó una mujer grande, bastante gorda y petisa con cara de preocupada. Me contó su situación, su marido había descubierto que ella tenía un romance con otra persona hacía unos meses y se fue del pueblo. Ella le dijo a su hija que el padre se había ido a lo de un familiar a encargarse de unos asuntos, pero al pasar el tiempo la chica se dio cuenta que esto era mentira y que el padre no iba a volver. Aparentemente tenían una relación padre/hija espectacular porque la niña se encerró en el sótano de su casa por 3 semanas y se rehusaba a salir hasta que no hablara con su padre. La mujer vino a pedirme ayuda porque tenía miedo que su hija realmente llevara a cabo su promesa y muriera de inanición. Pues bien, no tenía nada mejor que hacer, así que decidí ayudarla.
Cuando llegué a la casa de esta señora, a unos pocos kilómetros del pueblito, quedé bastante sorprendido, era una casona grande en el medio del desierto, del más árido desierto (algo bastante raro para tratarse de Sta Fé). Me acercó a una ventana que daba al sótano y me dijo bien bajito: "mucha suerte".
- ¿Hola? ¿Ahí alguien ahí abajo?
Un par de minutos pasaron y no oí nada De nuevo,
- ¿María, me escuchás?
-¿Quién sos y cómo sabés mi nombre?
Cuando escuché el tono de voz en que me hizo esa pregunta fue casi instantáneo el curso a seguir de la conversación, la pobre chica casi ni podía hablar, lo cual es algo bastante lógico tras no comer nada por casi 21 días.
-Soy yo mari, tu papá (rápido rápido, ¿cuál es el nombre del padre? Walter Listo), Walter.
-¿Papá? No sonás como vos -Se acercó a la ventana para escuchar un poco mejor y poder ver mi cara- Tampoco te ves como vos.
-Si m'hija, es que estoy un poco resfriao' y el sol no me da en mi mejor ángulo, viste. Pero te aseguro que soy yo, tu mamá me contó la situación y tuve que volver pa' sacarte.

Lo que sigue ahora son simplemente fragmentos de la conversación, como se pueden dar cuenta estoy redactando todo de memoria y las palabras específicas que fueron dichas no las recuerdo completamente, sn embargo hay un par, las más significativas, que las tengo grabadas, esas son las que transcribiré. De todas formas no se pierden de mucho, creanme, prefieren no leer todo.

-Entendeme m'hija, me fui por necesidad
-¿Pero qué fue lo que pasó? ¿Por qué te fuiste?
-Yo te cuento, esto fue lo que sucedió...
(...)
-Entonces me puso el revolver en la cara, y yo no le pude decir que no, para cuando me quise dar cuenta tenía tres tipos agarrandomé...
(...)
-Al final le pude robar el auto, pero no me di cuenta que tenía a una jauría de perros siguiendomé a toda velocidad, por suerte había un par de granadas en el baúl, agarrá una y...
(...)
-Cuando terminé de vaciar el agua del lago, mi compañero sacó todos los peces, con eso abrimos un restorán en Santa Cruz...
(...)
-Miré hacia la derecha y había un alemán nazi, miré hacia la izquierda y tenía un italiano mussolinista y atrás mio había un español simpatizante de franco, y me dije "¡no voy a quedarme en este avión un minuto más!", agarré el paracaidas y salté...
(...)
-Y así fue que me llegó el telegrama de tu madre, diciendo que estabas encerrada, tomé el primer avión saliente de Inglaterra y vine para verte, m'hija.

No hace falta decir que la muchacha quedó absolutamente pasmada con la historia y completamente convencida que yo era el verdadero padre. Salió del sótano y a los pocos días ya estaba bien de nuevo.
Años más tarde me enteré que su padre la fue a visitar y ella lo corrió por todo el campo con un palo gritandolé que era un impostor y que trataba de aprovecharse de ella.
Creo que hay una lección para aprender.
Mi nombre es Alberto Moné, y mi profesión es hablar.

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Cada vez que alguien lee y no deja un comentario, Dios rompe un huevo de Fabergé.

miércoles, junio 27, 2007

El pianista

Aprovecho estos fugaces e inestables momentos donde Dios me sonrie y me funciona internet para escribir algo y subirlo al blog.


Bueno, escribí esto el otro día, es una pieza para piano. Le puse Cásper porque me recuerda mucho a la parte donde, en la película, Cásper se vuelve un pibe de verdad y empieza a bailar con la chica. La verdad que me gusta mucho como salió, para cualquiera que lo quiera tocar, si bien dice que la negra va a 120 (dos negras por segundo), el tiempo es a consideración y siempre alentecido al comienzo de cada compás. Para todos los demás, ¿no están buenos los puntitos negros y las barritas? =D
Por cierto, no sé cuán bien se verá la imagen (siempre tengo estos problemas cuando quiero poner imágenes en el blog), pero creo que si la guardan a la pc se ve mejor.

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El pianista de Génova fue una persona rodeada de misterio y controversia por el año 1876. Se decía que era el mejor intérprete de piano que jamás hubiera existido y todos aquellos que tenían la posibilidad de asisitr a uno de sus conciertos quedaban extasiados y completamente hipnotizados al escucharlo tocar, aparentemente él tenía una conexión tal con el instrumento que podía crear sensaciones en las personas a través de las melodías más hermosas.
De esta manera su fama fue creciendo y cada vez era más complicado ir a uno de sus recitales, por lo que el rey decidió obligarlo a tocar una vez por semana al aire libre para que todo aquél que quisiera pudiera escuchar semejante belleza. Miles y miles de personas simplemente se recostaban en el pasto y cerraban los ojos para dejarse llevar por la música. El pianista tocaba por horas y la gente que lentamente iba despertando lo aplaudía y homenajeaba cuando éste terminaba de tocar.
Lamentáblemente, la gente disfrutaba tanto al oírlo que no pasó mucho tiempo antes que comenzaran a reclamar recitales más frecuentes, hubieron protestas y enfrentamientos hasta que el rey acordó con el pianista realizar dos conciertos públicos por semana. No mucho después se aumentó a tres. Y luego cuatro. Cinco. Seis. Y finalmente el rey decretó que el pianista tocaría todos los días desde el amanecer hasta el ocaso.
Por más que protestara y reclamara por su libertad, al pianista se lo tenía encerrado y se lo obligaba a escribir noche tras noche aquello que tocaría al otro día.
Al pasar los meses se lo veía cada vez más deteriorado, las piezas que componían no tenían el mismo efecto en las personas y a veces gritaba y estallaba en público. Pedía por su libertad diciendo que le habían robado su amor por la música. Nadie le prestaba atención.
Un día el pianista fue con el rey y le comentó que tenía una propuesta; si su majestad lo dejaba descansar por 21 días, él compondría la obra de piano más hermosa que jamás pudiera escribir y la tocaría para todo el reino, la obra duraría días enteros y sería muy favorable para la opinión que la gente tenía sobre el rey. Por supuesto que este aceptó y lo dejó libre.
Los 21 días pasaron y al salir el sol todos los habitantes del pueblo se encontraban espectantes en la plaza.
El pianista apareció por el horizonte llevando un sus manos un cuaderno de apróximadamente 660 páginas. Caminó hasta donde estaba la gente, hizo una reverencia, abrió el cuaderno y comenzó a tocar.
Segundos después las personas comenzaron a acostarse sintiendo esa mágia que la música les brindaba, los más pequeños dormían apacibles mientras sus padres disfrutaban con los ojos cerrados. El pianista seguía mientras el rey con una imborrable sonrisa saludaba a aquellos que, en silencio, lo felicitaban por el espectáculo.
Tras un día de estar tocando todas las personas se habían dormido apacibles escuchando muy detenidamente al sonido del piano, y el pianista siguió.
Tocó por horas y horas hasta que pasaron casi tres días. Jamás se equivocó en una nota, nunca rompió el tiempo, hasta que acabó su cuaderno y su música terminó. El pianista se paró, hizo una reverencia, recogió sus cosas y se marchó.
Nadie más se levantó.

martes, mayo 15, 2007

El día en que cambié a mi padre por unos peces de colores

Día de estreno y sí, dos por uno.

Vamos a aprovechar que los muchachos de Google se pusieron las pilas y vamos a experimentar con las fantásticas herramientas que pusieron a mi disposición para hacer este blog (o diario virtual) más impresionante.

Esto se me ocurrío el otro día que estaba caminando por la calle y vi una revista de una historieta que se llamaba "El día en que cambié a mi padre por unos peces de colores". Es un poco largo tal vez, pero leanlo, creo que vale la pena.

Siempre que llego a casa temprano del trabajo me gusta pasar por las mismas calles, por suerte trabajo no muy lejos de donde vivo, pero de todas formas hacer esas 7 cuadras que separan el deber del ocio nunca dejan de sorprenderme. Ya sea por un negocio nuevo o por lo tranquilas que son. Una vez hasta creo haber visto un perro y un gato realizando las más elaboradas piruetas involucrando unos trampolines notoriamente hechos a mano y unas sogas que no podrían haber sido confeccionadas con otra cosa más que con hojas de árbol.
Un día me encontraba caminando muy tranquilo, era otoño, un otoño frio y ventoso que me obligaba a llevar una bufanda que me tejió mi abuela (hasta después de lavada se le puede oler la naftalina), y las manos cuidadosamente guarecidas en los bolsillos; cuando de repente me tropecé con una viga de lo que aparentaba ser una construcción, un pequeño localcito ni siquiera pintado con dos personas charlando fervorosamente dentro. Justamente por tener las manos en los bolsillos no tuve nada que amortiguara mi caida y me di de lleno contra los pedazos de baldoza que sobresalían en la calle. Avergonzado y furioso con quien fuera que haya puesto esa viga en mi camino me levanté presuroso cuando vi que ambos hombres se dirigían hacia mi, uno, un bigotudo desagradable siguió de largo y ni se inmutó al ver que yo tenía un poco de sangre justo arriba del ojo, el otro, un viejito canoso que no debía ser tan viejito se me acercó y me preguntó cómo estaba. Me dijo que lamentaba mucho lo que me había pasado, que justamente él estaba discutiendo con el constructor bigotudo y que esa viga estaba justamente ahí porque aquel hombre se rehusaba a terminar refaccionar y pintar el local que abriría pronto. Me invitó una taza de café y si por favor no dejaba que me limpiara la herida.
La cuestión es que al pasar los días y las subsecuentes caminatas por mis calles preferidas siempre pasaba por el local inconcluso del viejito no tan viejo y siempre lo veía en las mismas condiciones no terminadas. Un día realmente sentí pena por el hombre, quién sabe cuánta plata estará perdiendo por no poder abrir su local, así que me ofrecí muy barato. Le dije que si él quería yo podía terminar las obras de construcción y ayudarlo a pintar y a ubicar todo lo que tuviera que ubicar. Ah, por cierto, me olvidé de decir qué negocio tenía el hombre: una tienda de mascotas.

Después de unas pocas semanas de arduo trabajo, más que nada por las noches, llegué a conocer mucho de este hombre, su pasado, su desafortunada relación con una mujer húngara que terminó por quitarle todo y dejarlo en la calle obligado a mendigar, su vuelta a los negocios a través de un muy acertado viaje a Brasil donde conoció a quien sería su socio por los próximos treinta años en el negocio de compra y venta de electrodomésticos, finalmente conoció a una señora un verano de la cual se enamoró y terminó viniendo a vivir acá a la Argentina para no separarse de ella. Es muy raro como el viejito no tan viejo vivió tantos años y me contó tantas historias pero solamente aparentaba de cuarenta, a lo sumo cincuenta.
Una noche mientras limpiaba encontré al fondo del local una caja. Una caja con un trapo arriba que me llamó muchísimo la atención. No debía haber sido muy grande, aproximadamente del tamaño de una pecera, pero brillaba. Brillaba intensamente a pesar del paño que tenía encima. Mi curiosidad me venció y a lo primero que atiné fue a remover el trapo y ver lo que había dentro. Quedé fascinado. No podía creer cuan hermoso era lo que veía por más que lo tuviera en frente mio. Era, efectivamente, una pecera. Una pecera de agua negra, completamente negra, a tal punto en donde ya no parecía ser agua, parecía ser algo más... algo distinto. Y dentro del agua negra: tres pececillos de colores. Rojo. Verde. Amarillo. Los tres peces bailaban dentro del agua negra en un espectáculo de colores y estelas, se movían lentamente como si el líquido fuera más denso, como si estuvieran tratando de hipnotizarlo a uno. Formaban figuras, se mezclaban, a veces incluso hasta cambiaban ellos mismos de intensidad y color.
Me quedé viendo a los peces por horas hasta que se hizo de día y llegó el viejo. Me reprimió duramente, me dijo que esa caja era de contenido privado y que no tendría que haberme escabullido para robarsela, yo le dije que nunca fue mi intención robar nada, sino que simplemente me agarró curiosidad. De más está decir que fue en vano, el viejo se enojó más allá de toda razón y tras una discusión muy fuerte me dijo que no volviera pasar más por su tienda.

Al pasar los días empecé a ver a estos peces por todas partes, empecé a soñar despierto con ellos, a escucharlos cantar cada vez que pasaba por la vereda de enfrente a la tienda, los dibujaba sin darme cuenta, tres luces. Una verde. Una roja. Una amarilla. Y la negrura que los envolvía. Siempre presente esa negrura. A veces me asustaba, no era agua con alguna sustancia que le daba ese color, no. Era otra cosa. Pero los pececillos estaban ahí, e iluminaban. Y te hacían olvidar, concentrarse solamente en ellos, en su perfección.
La deseperación me ganaba, necesitaba verlos y para colmo el viejo no los ponía en exhibición, los tenía guardados para él. Si, seguro que si. Los miraba todas las noches probablemente, los tocaba, de alguna manera se armaba de coraje para meter la mano en lo negro y sentir los peces. Si tanto me provocó verlos, ¡imaginensé lo que sería tocarlos! Tenía que tenerlos... no podía seguir viviendo así.

Era de noche aquella vez. Yo estaba decidido, no podía pasar un minuto más sin ver esos peces de nuevo, mi vida había perdido sentido, me estaba consumiendo por dentro. Así que tomé la determinación de ir a la tienda del viejo, todavía tenía una llave que me había dado de cuando trabajaba con él, así que si tenía suerte podría meterme fácilmente y verlos, tan solo verlos una vez más.
Me dirigí sigilosamente por las mismas cuadras que siempre hacía, pero esta vez no eran tranquilas e interesantes, esta vez eran desoladas, tenebrosas, cada metro que avanzaba era una tortura entre el ruido del viento y la sensación de que alguien me estaba siguiendo, alguien me estaba viendo y sabía lo que yo tenía pensado hacer y se reía de mi.
Tardé lo que me pareció una eternidad en caminar esas cuadras, entre el frio que me envolvió y el sudor que no dejaba de abrazarme hasta que los oí. Oí a los peces cantar. Cantaban para mi, cantaban para que no tuviera miedo, para que los fuera a rescatar de aquel sucio hombre que los tenía secuestrados de mi, y me dieron fuerza. Apresuré la marcha y llegué a la puerta.
Introducí la llave con un notorio nerviosismo siempre teniendo en mi cabeza el canto de los peces.
Giré.
Click.
Abrió.
Ni bien entré a la tienda me sorprendi al ver que todos, completamente todos los animales estaban dormidos, más que dormidos, estaban anestesiados. Ni se inmutaron cuando yo entré, mucho menos cuando pasé de largo a la habitación del fondo. Y ahí estaban, esta vez sin el trapo que los cubriera. Los admiré y los escuché danzar. Pero nunca me olvidé de mi objetivo, mirarlos ya no me alcanzaría, tenía que llevármelos. Era la única manera de estar en paz. Agarré unas sogas que estaban atrás y empecé a atarlas al rededor de la pecera para formar unas manijas. Cuando terminé y lo levanté quedé pasmado. La pecera llena de líquido negro junto con los tres peces, rojo, amarillo y verde, no pesaban absolutamente nada.
Una vez tapda la pecera me di vuelta para irme cuando escuché la voz del viejo, "quedate quieto y dejalos en el piso" me dijo. Sabía que estaba cerca mio, podía ver su sombra encimada a la mia y la habitación no era muy grande. Lentamente fui poniendo los peces en el piso y me di vuelta. Lo miré a los ojos y me quebré. Me puse a llorar y me cai. Con las manos me tapaba la cara mientras sentía que el viejo me miraba. Se me fue acercando, entre sollozos no lo pude escuchar bien, pero logré entender "despreocupate" y "no te pongás mal che, sé lo que pueden hacer estos bichos". Se paró al lado mio y me puso la mano en el hombro, yo lo agarré en un movimiento rápido y lo tiré de boca al suelo, agarré unas tijeras que había traido y se las clavé en la nuca, cuando escuché el grito del viejo sentí otra cosa más. Sentí que los peces me miraban, nadaban de un lado a otro, me alentaban. Y clavé de nuevo, esta vez debajo del hombro, y de nuevo, en la cintura. Y ahí lo di vuelta y seguí clavándolo con las tiejras, no podía parar, no era yo. Eran los peces. Cuando terminé, cuando me calmé, tiré las tijeras a un lado y miré al viejo, ¿qué había hecho? Miré de nuevo a los peces. Juro por dios que los tres tenían una sonrisa de oreja a oreja.

Agarré todas las cosas prontamente, las tijeras me las acomodé en el bolsillo trasero del pantalón y arrastré el cuerpo del viejo a un baño que había atrás, lo maniaté y empecé a tirar todas las jaulas y a desordenar todo para que pareciera un asalto. Los animales reaccionaron todos de golpe y el ruido era insoportable. Agarré la pecera y me fui cuanto antes. Mientras corría para casa el canto de los peces me tranquilizaba muy poco, porque ya no era canto... era más bien... risa, carcajadas. Sentía como si se burlaran de mi, pero sabía que no, eran tres luces en la oscuridad. Roja. Verde. Amarilla.

Cuando llegué a casa los dejé sobre la mesa, fui al baño y vomité. Empecé a lavarme frenéticamente las manos con el cepillo de dientes hasta que empezaron a sangrar. Me tiré en la bañadera y me quedé dormido casi instantaneamente.
Cuando me levanté me dolían todos los huesos y un súbito escalofrío me recorrió todo el cuerpo al acordarme de la noche anterior. Salí de la tina y me dirigí al comedor para buscar un poco de alivio. Cuando llegué, no podía creer lo que veía. La pecera con agua negra y los tres peces, rojo, verde, amarillo ya no era más. En su lugar había una pecera común con agua transparente y tres pecesillos dorados. Los tres estaban flotando en el agua, inánimes, muertos.

Me quedé estático, empecé a reir, a llorar, a gritar, rompí todo lo que podía ser arrojado contra la pared. Todavía los escuchaba. Pero esta vez no era a los peces que escuchaba, sino a lo negro. Lo negro se reía de mi, disfrutaba viendomé. Cada vez más fuerte, se reía dentro mio, a mi alrededor. Todo se iba oscureciendo. Corrí hacia mi habitación y lo primero que vi fue la ventana abierta. No lo pensé dos veces y eufórico salté.
Lo último que vi antes de sentir el abrazo del pavimento fueron los tres peces, rojo, verde y amarillo saludándome desde el suelo.

15/05/07